YO HE VOLADO SOBRE EL NIDO DEL CUCO

Enviado: 2015-10-07 21:53

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No se si recordarán la película protagonizada por Jack Nicholson “Alguien voló sobre el nido del cuco” en la que un delincuente tratando de evadir a la justicia y evitar la cárcel, prefiere hacerse pasar por un demente y ser internado en un hospital psiquiátrico de donde se supone que podrá fugarse con mayor facilidad. Pronto descubrirá que su estancia allí no iba a ser todo lo placentera que intuía, pues estará sometido a una estricta disciplina, una severa vigilancia y un tratamiento médico, incluido el electro-shock al que no puede burlar.
El desfile de personajes internados en semejante institución roza el esperpento e incluso por momentos resultan cómicas sus actuaciones y aunque pueda resultar cruel estos momentos de hilaridad son necesarios para aliviar la presión mental a la que estás sometido cuando eres testigo de la realidad que se encierra entre los muros de ese tipo de instituciones.
En España los manicomios dejaron de existir por ley hace 27 años , aunque en la actualidad quedan algunos remanentes de estos en Galicia y en algunas instituciones penitenciarias como la de Fontcalent en Alicante y creo que la de Sevilla también alberga delincuentes con problemas mentales.
El espíritu de la ley era el de evitar el aislamiento de estos enfermos e incorporarlos a otros establecimientos sanitarios a los que dotarían de medios suficientes en cuanto a personal cualificado como psiquiatras y psicólogos que formarían parte del departamento de salud mental.
Desgraciadamente el desarrollo de estos departamentos no han evolucionado tal y como se preveía fundamentalmente por cuestiones económicas. En la actualidad gran parte del peso del tratamiento de los enfermos de Alzheimer y demencia senil lo realizan las llamadas Residencias de la Tercera Edad, a las que dirijo desde aquí mis respetos, una vez depuradas aquellas que abusaron de la confianza que quienes les otorgaron el cuidado de sus mayores cometiendo todo tipo de tropelías. Afortunadamente ahora la vigilancia sobre el trato a los internos es bastante estricta y desde hace tiempo no tenemos noticias de abusos o malos tratos a nuestros mayores.
Tengo a mi madre internada en una de ellas, y la primera vez que la visité recordé la película de “Alguien voló sobre el nido del cuco” y en ese momento me di cuenta de que ese alguien era yo.
Como piloto hice una “pasada” de reconocimiento a través de las instalaciones. Desde fuera era magnífico el aspecto que ofrecía, terrazas, flores, jardines y una cuidada fachada.
Al aterrizar dejé mi vehículo en un hangar destinado a los visitantes, llamémosle parking y me dirigí al ascensor que me trasladaba a la segunda planta en que se hallaba la habitación de mi madre.
Al abandonar la estanqueidad que te proporciona el ascensor, percibí un fuerte olor a desinfectante que no conseguía enmascarar del todo al olor de orina y heces fecales que flotaba en el ambiente y como ruido de fondo una serie de lamentos y quejidos e incluso algunos gritos que provenían de una estancia contigua a la salida del ascensor donde se encontraban los demenciados al cuidado de dos auxiliares que se afanaban en aplacar sus males mientras otras dos se cuidaban de sus comidas y del aseo de la planta.
Cuando llegué a la habitación de mi madre que se encontraba al final del pasillo mis mucosas se aliviaron pues por alguna extraña razón el olor se quedaba de puertas afuera y los ruidos se amortiguaron.
La habitación era amplia, bien ventilada, con un cuarto de baño amplísimo y con las instalaciones adecuadas para ancianos y una amplia ventana que te comunicaba con el exterior.
Una cama articulada con colchón antiescaras, una mesilla de noche, un armario empotrado, una mesa tipo camilla, dos sillones y una especie de chifonier que servía de soporte al aparato de televisión componían todo el mobiliario. El aire acondicionado , la perilla de avisos para el personal auxiliar y el mando para graduar las distintas posiciones de la cama completaban el ajuar.
Cerrando la puerta de la habitación y aumentando un poco el volumen de la televisión se conseguía un aislamiento casi perfecto, tan solo interrumpido irregularmente por el sonido de la megafonía reclamando la presencia del personal de la residencia en un determinado sitio.
La expresión triste de la mirada de mi madre e incluso sus lágrimas aumentaron las desagradables sensaciones que nos produjeron semejante experiencia y tan solo haciendo un esfuerzo para sobreponer el dictado de la razón al del corazón en el sentido de que a pesar de todo era la única solución para que mi madre estuviera debidamente atendida , calmaban las voces de nuestro instinto que nos pedía sacarla de allí.
Los primeros días fueron duros a pesar de que habíamos sido advertidos tanto por la directora como por el resto del personal e incluso residentes, de que las separaciones del hogar son siempre traumáticas pero que se superan con el tiempo.
El rechazo de mi madre ante esta situación , que ella suponía temporal, tampoco era fácil de sobrellevar teniendo que recurrir continuamente a evasivas para no decirle que ante nuestra impotencia por mantenerla en casa habíamos tenido que recurrir a la única solución posible: internarla en una residencia.
Con el tiempo, nos fuimos acostumbrando a los olores, al ruido ambiente, establecimos relaciones con otros residentes y sus familias. Poco a poco ,mi madre fue haciendo amistades con otros residentes e incluso nosotros llegamos a encariñarnos con algunos de ellos que no gozaban del privilegio de recibir una visita diariamente, algunos no la recibían durante largos periodos de tiempo lo cual suscitaba algún tipo de “sana envidia” de nuestra madre.
Conscientes de ello tratábamos de paliar la ausencia de sus familiares con algunas atenciones, como llevarles bombones, tabaco en alguna ocasión y sobre todo lo que más agradecen, darles conversación aunque solo fuera durante unos minutos.
Afortunadamente, somos una familia muy numerosa y bien avenida y entre hijos, nietos y allegados nunca le faltó la presencia de un ser querido junto a ella.
A veces cuando nos parábamos a conversar en nuestro cotidiano paseo por los jardines de la residencia con algún que otro paciente, mi madre sentía celos y procurábamos no extendernos demasiado con ellos aunque poco a poco se mostraba más transigente a medida que los pacientes le devolvían con su amistad las atenciones recibidas por nuestra parte.
Así mismo percibimos el cariño de todo el personal de la residencia hacia mi madre, tanto de los médicos , enfermeras y en especial del personal auxiliar que son los que más bregan con los internados, al dirigirse a ella por su nombre completo, María de los Santos, para diferenciarla del resto de Marías. Al cruzarnos con ellas siempre tenían un gesto amistoso e incluso alguna carantoña que nos llegaban al alma al saber que no éramos los únicos que le proporcionábamos cariño. Es impagable la labor de este personal y digna de admirar su actitud, dedicación y paciencia ante las continuas atenciones que demandaban los residentes.
El tráfico de sillas de ruedas y andadores por los pasillos y salones del edificio era semejante al de la M-30. Sin semáforos ni guardias de la circulación. La residencia estaba masificada y para evitar el caos circulatorio las auxiliares “aparcaban” las sillas de ruedas en batería a lo largo de las distintas estancias. En verano, a pesar del aire acondicionado, el hedor de los pañales superaba al de los productos que utilizaban como desodorantes haciendo la atmósfera irrespirable, lo que te obligaba a buscar alguna sombra en el jardín para respirar aire puro. Curiosamente, desconozco la razón, el comedor era de las pocas estancias que estaban libre de olores y la comida era variada , de acertada calidad y el trato de las camareras exquisito con los residentes ,ayudando a los que no podían valerse por si mismos ni siquiera para llevarse la cuchara a la boca. Mi madre poco a poco fue haciéndose a la idea de que aquella residencia iba a convertirse en su domicilio habitual y aunque mostraba signos de resignación no conseguíamos sacarle una sonrisa limpia a pesar de que durante toda su vida ha sido una mujer risueña con la sonrisa a flor de piel y de frecuentes carcajadas. Tan sólo la visita de los nietos y bisnietos conseguían esbozar un gesto de alegría en su semblante. Poco a poco nuestro olfato se vacunó contra el olor característico de la residencia que al principio sentías que impregnaba todo tu ser y tan solo se despegaba de ti hasta haber transcurrido un cierto tiempo de abandonarla. Desde el principio del internamiento de nuestra madre, organizamos un “Chat” de hermanos en el que ajustábamos nuestras visitas a un calendario semanal , siendo obligación del visitante emitir un parte al final de la visita con un resumen de las incidencias detectadas en cuanto a la atención por parte de la residencia, caso de haberlas, y en general del transcurso de la visita. Gracias a ello teníamos un seguimiento continuo de la evolución de nuestra madre y coordinar la intendencia en cuanto a cremas, ropa y cualquier otra necesidad que se hubiera detectado, principalmente, hay que reconocerlo ,por parte de las féminas de la familia, incluida mi Concha, que eran las más preocupadas por este aspecto.
Era curioso que mientras que en los partes de las chicas casi siempre transmitían un estado anímico muy bajo, con lloros y lamentaciones, en el de los chicos se traslucía un ambiente más optimista . La razón era sencillamente que mi madre era consciente de que era más fácil llegarle al corazón a mis hermanas que a nosotros por considerarnos menos sensibles.Un buen día, nuestra hermana Maribel nos informó de que habían abierto una residencia nueva en La Moraleja, cerca del hospital donde trabaja y que le habían dado muy buenas referencias por lo que nos instaba a visitarla y en el caso de que nos convenciera trasladar a mi madre.
Personalmente la idea no me satisfizo en demasía dado que por fin habíamos conseguido que mi madre aceptara a su manera Ballesol y los cambios no creía que fueran beneficiosos para ella después de lo que le había costado adaptarse al lugar donde vivía.
Acudimos a la cita y lo cierto es que no había ni punto de comparación entre unas instalaciones y otras, en detrimento de esta última de que sus patios no tenían el encanto de los jardines de Ballesol ya que carecían de arbolado y flores de las cuales mi madre era una enamorada.
Como contrapunto, la habitación era mucho más amplia con un gran armario empotrado, televisión de plasma de 32 pulgadas, con una gran luminosidad gracias a un amplio ventanal con vistas a una colonia de chalets, un excelente gimnasio para fisioterapia dotado con piscina, varios comedores, todo nuevo, un personal excelente , al menos en la presentación y lo más importante, una higiene impoluta ausente de malos olores, con diferentes salas de visita, salón de actos con pantalla gigante para la visualización del cine y una ocupación mínima donde las sillas de ruedas eran la excepción en lugar de la regla. Reconozco que fui el más remiso al cambio alegando que aquello era muy bonito porque estrenábamos todo, de hecho nos enseñaron hasta la habitación que le habían asignado a mi madre que sería su primer ocupante pero que con el tiempo llegaría a ser igual que la otra. No obstante podríamos probar y en última instancia siempre tendríamos la opción de regresar a Ballesol.
¡Bendita decisión y bendita propuesta de Maribel!. A los pocos días de estancia en su nuevo hogar pudimos comprobar como el estado anímico y físico de mi madre iba mejorando gracias a los cuidados de una excelente fisioterapeuta y de la terapia ocupacional, actividades de las que carecía Ballesol. Por otra parte el estado mental de los residentes era en su inmensa mayoría lúcido por lo que las escenas esperpénticas observadas en la anterior residencia aquí no tenían lugar. El entorno urbanístico era mucho más alegre que el anterior ya que frente a las crudas vías del ferrocarril que circundaban Ballesol, Cáser está incrustada en una zona residencial con muy poco tráfico lo cual supone un remanso de paz. Atrás quedaban Juan José Aza, “Chiqui”, el dibujante pintor vecino de la habitación de mi madre en la anterior residencia el cual la recibía con un cortés saludo al verla pasar diariamente por delante de su habitación interesándose por su estado, Encarna, que desde su silla nos reclamaba un mimo y una atención con su gesto infantil al que no podías negarte ,Eugenia cuya corpulencia la hacía prescindir de la grúa para sentarlas en el inodoro, el amable doctor cuyo parecido con el presidente cántabro Revilla te llevaba a confundirlos , Rocío, de aspecto impecable con sus atuendos ibicencos desplegando cariño por doquier hasta el punto de llegar a ser empalagosa, haciéndote creer que formaba parte del la plantilla de la residencia adoptando un papel entre enfermera y relaciones públicas para acoger y arropar a las internas de nuevo ingreso al objeto de integrarlas a la institución, Alicia , que te recibía en la entrada saludándote por tu nombre con un cigarro en la mano y una sonrisa y tantas otras residentes así como auxiliares y familiares de internas con las cuales llegamos a adquirir un vínculo de solidaridad en defensa de nuestros seres queridos.
En la anterior residencia una de las principales características que habíamos observado en nuestra madre era su incapacidad para contactar con el resto de los residentes y procurábamos que se comunicara con la gente que nos parecía más adecuada tanto por su lucidez mental como su saber estar y lo cierto es que la única persona que reunía las condiciones era “Chiqui”, cuyas limitaciones debidas al Parkinson que padecía, le hacían expresarse con una débil voz que difícilmente era captada por sus interlocutores.
Nosotros interpretábamos esta falta de comunicación con el resto de los residentes a un rechazo por su parte a todo lo relacionado con la residencia , sin ser conscientes de que prácticamente no había ninguna persona capaz de mantener una conversación coherente que la animara a comunicarse.
Afortunadamente todo cambió con su ingreso en Cáser. Se encontró con personas perfectamente lúcidas que la acogieron cariñosamente desde el primer momento y con las cuales podía mantener una conversación normal como si fueran amigas de toda la vida.
Ángeles, Geles, Concha , Luisa, Teresa, Juan , Moisés y las auxiliares conformaron su nuevo círculo de amistades y se hizo íntima amiga de Isabel cuyo vínculo en común a diferencia de las otras es que iban en silla de ruedas.
Sandra, la auxiliar amiga de Maribel a través de la cual contactamos con la nueva residencia actuó como maestra de ceremonias y su participación fue esencial en la integración de mi madre en el colectivo de residentes.
Gracias a ella mi madre fue recibida con todos los honores en la residencia y a partir de ese momento mi madre se sintió como una más de las pioneras de la Residencia Cáser de La Moraleja.
A partir de ese momento no solo cambió la vida de nuestra madre sino la de todos nosotros al acudir con alegría a las visitas, sabiendo que en lugar de acudir a un sitio lúgubre e infecto nos dirigíamos a un lugar donde nuestros mayores ocupaban un sitio privilegiado en el que cubrían todas sus necesidades en un ambiente alegre, lejos de la hostilidad que rezumaba la anterior residencia tanto en olores como en la calidad de vida de los residentes.En la nueva residencia se nos permitía compartir con mi madre en un comedor a parte, celebraciones tan significativas como la Navidad, el día de la Madre , su onomástica y cumpleaños sin necesidad de sacarla de su entorno.A día de hoy ha recuperado la sonrisa e incluso la carcajada, se siente querida tanto por los residentes como por las auxiliares y el resto del personal que componen la plantilla. Juega al dominó al rumicub , participa activamente en la terapia ocupacional construyendo todo tipo de artefactos , tales como gorros, posavasos, caretas o cualquier otro tipo de ingenio que se les ocurra a las monitoras.Se comunica perfectamente con sus compañeras a las que les profesa un profundo afecto sintiéndose correspondida y se siente plenamente integrada en su nuevo hogar donde recibe todas las atenciones y se siente protegida .Para nosotros es una delicia verla tan feliz , repartiendo y recibiendo beneplácitos de sus compañeras y se encuentra tan eufórica con sus progresos en fisioterapia que no descartamos que en cuanto rebaje un poco su peso pueda aparcar la silla de ruedas y caminar con su andador.
Esta es nuestra madre, que a sus 95 años no se rinde y está dispuesta a salir por su propio pie de la residencia pero para regresar porque allí se encuentra feliz.
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